Cada semana, casi cada día, un nuevo paso, un nuevo examen que me coloca un poco más cerca de mi objetivo.
Si en Septiembre/Octubre me preocupaban los exámenes y quedarme en blanco o que me supusieran mucha ansiedad ... Ahora lo llevo mucho mejor.
He recordado la selectividad, y, sobre todo, lo que escuchaba entonces. Y el alivio infinito de acabar los exámenes. Y las revistas tras los exámenes (de coches, justo lo que estoy aprendiendo a reparar ahora).
Todavía tengo pánico a quedarme en blanco en un examen, que las preguntas me suenen a chino. Pero cada examen me confirma lo contrario. Apenas me pongo nervioso (a veces me agobio porque siento que es mucha materia), y logro dormir bastante bien. Y cuando llegan las notas, suelen ser buenas.
Me parece que ayer era Septiembre, inscripciones, listas, matrícula, presentaciones. Estoy muy a gusto en clase, he aprendido mucho, disfruto en los talleres. A veces es todo un poco agobiante o se me antoja muy difícil, pero también es precioso. Es hacer alguno de mis sueños realidad.
Tareas, cuestionarios, estudiar ... Pero estoy muy a gusto en mi piel.
A veces no son virtuales sino reales y preciosos. Y sin malos entendidos. Árboles preciosos, conversaciones profundas y maravillosas. Perretes. Complicidad.
Clases. Talleres. Recreos. Idas y venidas en coche. Hacer la compra y pequeñas tareas domésticas. La primavera avanza y es preciosa. A veces con lluvia, pero los árboles están preciosos. Hojas y flores.
Como antaño, preocupado por los exámenes, pero si los dos trimestres anteriores fueron bien, por qué no esta vez también.
Tripa llena, tele, la compañia del michi, muchas horas dormidas y calma. Avanzando como un pequeño tractor de maniobras.
Las vacaciones de Semana Santa parecen a medio año luz, en lugar de sólo 3 o 4 semanas. Exámenes en breve. Tareas. Al final, lo que pretendía (aprender) lo estoy logrando, incluso más de lo que pensaba. Y no me ha agotado (a veces si) ni saturado mucho. Mi estado general anímico es mucho mejor. Poder dormir es maravilloso. Y disfrutar de pequeños momentos preciosos. A veces en compañía.
Hasta mas inesperado que hace 5 años. Ha pasado un siglo desde entonces, o se me antoja. Desde luego, muchos cambios, muchos altibajos y muchísimo aprendizaje.
Aunque un poco antiguo, funciona genial, tiene un tacto súper preciso y se ve genial. La pena es que no he podido estrenarlo en mi rincón preferido de la Baja Alcarria como entonces.
A parte de las habituales consultas con la psiquiatra, cada año revisó mis ojos y mis lunares. Los ojos, en febrero. Todo bien. Logré no marearme, lo que fue un triunfo para mí. Y la semana pasada los lunares. Me dio un poco de vergüenza mostrarme casi totalmente desnudo, solo con la ropa interior, ante la dermatóloga. Muy simpática, meticulosa, profesional. Mostrar mis lunares y mis lorzas era a la vez, un pequeño reto y algo necesario.
Volví a recorrer calles recorridas decenas de veces entre 2008 y 2010, pero que no pisaba desde el año pasado. La pandemia me hace pasar mas tiempo en casa y, desde el verano no me doy esos largos paseos tan bonitos.
Ir al médico, incluso con algún imprevisto, no me generó apenas ansiedad. Incluso la sala de espera era menos ruidosa que en otras ocasiones.
He encontrado dos diarios. Uno reciclado, de un cuaderno de clase, de la universidad, como de 1998 o así. Azul, muliperforado, grande. Apuntes de 2001 a 2004. Cosas que ya no recordaba. El otro, un cuaderno verde, más pequeño, de medio folio. De 1997. Del último campamento. Y más anotaciones de 1997 y de 2000 y de 2001. Muchos recuerdos. Incluso cosas que no recordaba.
En 2001 surgió el diario en Word y, probablemente, muchas de esas páginas estén transcritas en las tripas del ordenador. Me cuesta entender mi letra.
Volver a verte. Bajo la lluvia, al principio. Que es tan simbólica para nosotros. No se me antojó lágrimas, como en otras ocasiones, sino, más bien, agua que limpia. Los árboles, de un color verde precioso, de pura primavera, se lavaban para nosotros.
Me sentó bien volver a verte, pasear contigo, hablar cara a cara. Los mensajes de Whasapp son maravillosos, las llamadas más, pero hablar cara a cara, todavía más. Desde un ya lejano Agosto, no nos veíamos. Y han pasado (me han pasado) un millón de cosas desde entonces.
Saber de ti, de tu trabajo, de tu familia. Los recuerdos. Y los abrazos. Cuanto echaba de menos tus abrazos.
Poco a poco van vacunando a mi familia y parece que lo que empezó hace un año y un mes (entonces el confinamiento era total, ni siquiera podía salir a andar con cuidado como ahora), va un poco mejor, empezamos a ver cierta luz.
En medio de un mar de calma, de clases, de pequeñas vacaciones, otro destello.
Empezaba a plantearme mi independencia. No me veía capaz de vivir de forma autónoma, encargándome de la limpieza, comprar y cocinar comida, la ropa y todo eso. El tiempo me demostró lo contrario. Tal y como le he dicho alguna vez a las psiquiatras que me han tratado "puedo más de lo que creo". Incluso en pleno confinamiento fui capaz de cocinar para mí durante meses. Todo muy sencillo, pero rico.
Una Semana Santa diferente. La de entonces. La de 2010. Me encantaba venir a mi casa, aunque estuviera vacía. Ir comprado poco a poco muebles. La verdad, tener "mi espacio" aunque apenas tuviera una mesa, una silla y una vieja televisión, fue precioso.
Alguna vez he estado cerca del abismo y es desagradable y doloroso. Pero todavía peor es saber o intuir que alguien a quién quiero tiene esas ideas feas, ideas autolesivas. Es horrible.
Pero es primavera, hace un día marañoso pero bonito, he estudiado un poco, he dormido genial y voy a comer y, 11 años después, sigo disfrutando de mi casa, en compañía del gato pirata.
Me vuelve a apetecer salir a andar y es maravilloso. Un día de primavera precioso. Suave y tibio. Árboles brotando, sol, parques, calles. Me he cansado (que es hasta agradable).
He buceado en lo que pasó en Junio Y Julio. Que se me antoja están a un año luz. Al menos, a más de medio año. En realidad, faltan como 2 meses y medio o menos para que vuelva a ser junio.
El año pasado, el inicio del teletrabajo, y de la incertidumbre. Al final la incertidumbre se retrasó. Podríamos decir que hasta esa segunda semana de junio maldita. He releído despedidas varias. Me han emocionado. Creo que no me ha hecho mucho bien pero soy muy de recordarlo todo.
Pero ahora es diferente. Después de dos meses sin medicación, de dos evacuaciones. De acabar de hacer unas tares muy bonitas. De aprender cosas nuevas. De ser un poco como ese anciano que soñaba en febrero de 2018, pero tres años después. Esos destellos: los talleres literarios, el scooter eléctrico del Salón de la Moto, los mensajes de Whasapp, audios, llamadas. Los perretes. Compartir momentos y paisajes preciosos. Ver el mar. El piano. Los desayunos y paseos. También esa furgoneta VW T1 tan bonita, primero en papel y luego en vivo, en ese salón de coches clásicos. Los teleperretes varios. Y aprender a arreglar cosas, los talleres de máquinas de tierra y de máquinas de volar.
De los negros pensamientos de soledad y locura y de ganas de no ser, a todos esos momentos maravillosos de complicidad, de interacción, de superación y autoconocimiento.
Creo que el balance es muy positivo.
También he releído los informes de la(s) psiquiatra(s). Es muy raro verse reconocido en las palabras de un médico. Ay. Pero es maravilloso ver los avances, semana a semana.
Expresar mis miedos. Que tienen su lógica, aunque estén muy lejos de la realidad. Incluso los días que el vacío me llamó, supe que hacer. Desde pedir ayuda a poder verbalizarlo. O darme una ducha, o salir a andar. O recurrir a las benzos. Al final, no era tanto no querer vivir, como no querer vivir así.
Al final, todo este camino lo he hecho yo. Sentir. Gestionar mis emociones. Sentir es necesario y humano. Aunque a veces duela. Aprender a ver mis muchas virtudes. Ser un poco más positivo. Tu ayuda es importante. Una visión objetiva, no distorsionada. Ser un poco más sociable.
Tu ayuda es importante. Muchísimo. Y la experiencia ha sido más humana y menos fría de lo que esperaba. Y la medicación fue un paso para al menos dormir algo y calmarme un poco. Fue un primero paso. No el centro de todo. Al final yo he andado ese camino.
Me fijo en varios detalles de consulta (que me intimida menos que antes). En tus gafas de montura metálica. En tus ojos (verdes, como los míos). En un pequeño tatuaje junto a una de tus muñecas. En tu camiseta gris de manga corta. Y hablo sin chuleta. Y me siento desnudo y vulnerable. Menos vulnerable que antes. Y orgulloso de mí.
Anticipar. A veces pensarlo es mucho más difícil que hacerlo.
Se acaba un trimestre, las notas han sido buenas, pero el "examen" más importante para mí, además del día a día, era el de hoy. Y estoy muy muy orgulloso de mí.
Estudiar. Aprender. Trabajos, talleres, tareas. Pero también momentos muy dulces. Vuelvo a dormir como en Diciembre, en navidades. El "cinco minutos más" es precioso. Me noto sensible y los amaneceres de los meses de enero y febrero han sido preciosos, muy emocionantes. Diría que hoy tengo unas náuseas casi imperceptibles y que me han dejado desayunar. Nada que ver con mediados de enero.
Poco a poco me lo voy creyendo y es maravilloso. Como en Noviembre de 2019, casi cada día contándole a "mi guía" cómo me encuentro. Y la respuesta es ... cada día un poco mejor.
Y es maravilloso.
He aprendido a tener cierta estabilidad emocional. A ver mis virtudes y no sólo mis defectos. A ser más sociable. Mi amistad puede confortar a los demás, al igual que interactuar con mis pocos amigos me hace sentir mejor.
Cada día es un pequeño pasito. Las náuseas son (casi) un recuerdo lejano. Me despierto muchísimo menos. Escucho el programa de misterio de turno, con los que me acuesto desde hace muchos años, y me vuelvo a dormir.