No hay peor ciego que el que no quiere ver. Ya había ido subiendo la apuesta. Y amenazando.
Lo positivo es que que logré calmarme y que hubo cierta comunicación. Pero el discurso sigue siendo el mismo que un lustro atrás y que hace más de un año. Que tu no te puedes quejar, que yo estoy peor que tú. Que yo puedo elegir las etiquetas y tu no.
Cuando es tan evidente, los problemas de autocuidado, la evitación.
No hay acuerdo, al menos por el momento. La semana que viene empiezo las clases. Y he de elegir las batallas en las que luchar y qué energía destinar a cada una de ellas.
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