2. Luz (v1)
El resto del relato aquí.
-Si te salvo ¿Me ayudarás?-
En el camino que le separaba desde el piso donde vivía a la parada del autobus solía toparse con gatos callejeros. Le fascinaban. Gatos de diversos colores: grises, naranjas, blancos y negros, negros. Pensó en si tendrían dueño. Parecían bien cuidados y alimentados, aunque desconfiados. La mayor parte corría nada más verle. Algunos, más atrevidos, le observaban con descaro desde un rincón de la acera o desde lo alto de una tapia. Los menos se dejaban acariciar. La colonia de gatos se concentraban en la porción de barrio donde algún día le gustaría vivir. En lugar de edificios de decenas de plantas, todos iguales, todos feos y asépticos, semejantes a colmenas, pequeñas casas unifamiliares, con jardín. Se imaginaba viviendo en una casa así, rodeada de gatos. Quizás en compañía de alguien que le quisiera. Sólo era un sueño. De momento, su espacio vital se reducía a una habitación en un piso compartido. Pero al menos sus compañeros eran amables y ordenados. Y discretos. Ni escándalo, ni música, ni tampoco gritos de madrugada.
Un amanecer más, del piso al autobús, del autobús al trabajo. Pero la luz de la primavera era suave y delicada. Los almendros florecían, tiñendo las calles grises con una marea entre blanca y rosada. Un pequeño gato negro le maulló tímidamente. Se acercó a él, intento acariciarlo. Pero cuando sus dedos estaban a punto de rozar su pelo negro y brillante salió corriendo y se deslizó bajo una oxidada verja, del mismo color que el gato. Curiosa, no pudo evitar ir tras él. Dudó un instante. Estaba a punto de entrar en una propiedad privada. Pero la casa parecía abandonada. Empujó la puerta de la verja, y, con un chirrido, ésta se abrió. Un paraíso de hierba y plantas exuberantes. Un jardín olvidado, descuidado, salvaje. El gato negro le miraba, curioso, desde el borde de una fuente de piedra, cubierta de musgo. Quiso acercarse de nuevo a él para intentar acariciarlo.
Entonces el suelo se abrió bajo sus pies. Durante un instante infinito se deslizó en el vacío y en la oscuridad. Hasta que su cuerpo chocó contra el agua y se hundió en ella. Debía ser un pozo, acertó a pensar mientras su conciencia se desdibujaba. No sabía nadar. El agua era gélida y oscura. No sabía nadar. Que manera más estúpida de morir.
En medio de la oscuridad que poco a poco se adueñaba de su mente le pareció escuchar una voz. Una pregunta:
-Si te salvo ¿Me ayudarás?-
-Si-
Sintió que unas manos cálidas y suaves tiraban de ella. Y que la oscuridad estallaba en un amasijo de luz dorada y cálida y dulce, como una marea extraña y, a la vez suave como un abrazo, capaz de borrar todo lo demás.
Despertó, volvió a tener conciencia de su cuerpo y de sus ojos y se atrevió a abrirlos. Estaba tumbada boca abajo al borde de la boca del pozo, esa boca a ras de suelo cubierta por maderas podridas a su vez cubiertas por hierba y hiedra, que no había visto. Estaba empapada y helada. Levantó la mirada y vio de nuevo al pequeño gato negro, que la miraba, curioso. Y acertó a ver una silueta semitransparente, brillante, de luz pura, tan bella que dolía mirarla, arrodillada junto al gato, acariciando al gato.
-No tengas miedo. Estás a salvo. Pero yo … he llegado tarde … Y ya no sé si tiene remedio-
No comprendió lo que quería decir aquel ¿ser? que acababa de salvarle la vida. Su voz era indescriptible, dulce como una caricia, pero a la vez con un matiz de tristeza y amargura infinita.
-Y ahora ella está sola y perdida y malherida. Nunca me lo podré perdonar. Pero quizás puedas ayudarme. Me lo prometiste.-
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