-¿Y qué pasó al final?-
-¿Al final de qué?-
-Qué le ocurrió a esa mujer. La que iba en el asiento del copiloto del Toyota.-
-Marina, Marina, deberías saber que curiosear en recuerdos y pensamientos ajenos, no es de buena educación ...-
-... pero puede ser a la vez, interesante y descorazónador.-
-Está bien. Podrías leerlo tu misma, pero te lo contaré. Ponte cómoda.-
A partir de aquel instante sus recuerdos eran menos nítidos. Desdibujados. En realidad todo lo que había ocurrido aquella mañana, de no haberlo vivido, se le antojaría un sueño. Una pesadilla. La pista, como afirmaba el GPS dio paso a una estrecha carretera de montaña. Y la pequeña carretera, a otra mayor. Conduciendo lo más rápido que podía o que sabía sin poner a nadie en peligro, logro llegar a su ansiado objetivo: una población lo bastante grande como para tener un hospital. En algún punto de los Pirineos.
Detuvo el Toyota no lejos de la entrada de las urgencias. Cargo a la mujer en brazos y entró en el hospital. Durante un instante aún tuvo tiempo de pensar que la escena sin duda era totalmente surrealista, digna de una película de acción norteamericana: un tipo alto y flaco vestido con ropas de ir en bici de colorines fosforitos, pero manchadas de barro y de sangre, con una Guardia Civil igualmente cubierta de sangre en sus brazos.
Pidió ayuda. No recordaba con precisión sus palabras. Algo así como "la encontré en las montañas ... Creo que tiene una herida de bala". Más información era innecesaria. Cuando por fin vio al personal sanitario ocupándose de ella, sintió un alivio infinito, una sensación agridulce derramándose en su interior. Le fallaron las fuerzas. Estaba herido y agotado. Por una vez, bloqueó el círculo mágico interior. Dejó que aquel inmenso mar de negrura que tantas veces había sentido a sus pies le alcanzara. Y, con una mueca en su cara mezcla de alegría y dolor, perdió el conocimiento.
Más tarde recuperó el sentido. Pero se dejó hacer. Se dejó atender y curar mansamente. Por una vez era un alivio que alguien se ocupara de él. Estaba cansado y confuso, así que no le costó exagerar esa confusión. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo he llegado? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está ella?
Estuvo tentado de exagerar todavía más su confusión añadiendo alguna frase como ¿Dónde está mi nave? ¿Qué planeta es este? ¿Cuando vienen los marcianos? Pero igual acababa ingresado en psiquiatría y no era plan. Al final del día, después de muchas pruebas para descartar alguna lesión interna, acabó ingresado en observación, con la mano derecha vendada. En una cama bastante cómoda de una aséptica y anónima habitación de hospital, con una vía y suero en vena. Al llegar la madrugada decidió que ya estaba lo suficientemente recuperado. Se quitó el suero y la vía, sin organizar ningún festival de sangre, lo que ya era un logro. Y después, tal y como había aprendido y le habían enseñado, tal y como casi le era innato, se deslizó en silencio, sin hacer ruido, como un pequeño gato negro que sabe fundirse con las sombras. No recordaba bien dónde encontró algo de comer, a pesar del suero tenía mucho hambre, lo que era buena señal. Y una vez llenada la tripa, la buscó. ¿Cómo? No sabría explicarlo. ¿Cómo se orientan las aves en sus migraciones? ¿Cómo sigue un perro el rastro de una presa? Había compartido su energía vital con aquella desconocida y, al menos durante un tiempo, eso los unía, con un vínculo invisible y frágil, pero perceptible. La encontró en la unidad de cuidados intensivos. Estaba vida. Y sedada. Quizás si hubiera estado despierta se habrían enamorado perdidamente el uno del otro. Quizás el hubiera ingresado también en la Guardia Civil y hubieran sido felices y comido perdices. Pero estaba sedada y aquello era el mundo real y no un culebrón surrealista.
En un vestuario encontró lo más parecido a ropa de calle. El uniforme de algún tipo de personal de servicios o de limpieza quizás, ropa de trabajo con bolsillos y franjas reflectantes. Un poco grande, pero para un apuro como lo era esa situación le podría servir. Sus efectos personales los dio por perdidos. No eran gran cosa, una mochila de la suerte con lo imprescindible para pasar algun tiempo en las montañas. Ya conseguiría otra y su contenido. Fue como dejar atrás la ropa húmeda después de nadar en un mar enloquecido y estar a punto de ahogarse.
En silencio, por una entrada de servicio, se marchó. Todavía algo cansado, pero sonriendo.
Más tarde recuperó el sentido. Pero se dejó hacer. Se dejó atender y curar mansamente. Por una vez era un alivio que alguien se ocupara de él. Estaba cansado y confuso, así que no le costó exagerar esa confusión. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo he llegado? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está ella?
Estuvo tentado de exagerar todavía más su confusión añadiendo alguna frase como ¿Dónde está mi nave? ¿Qué planeta es este? ¿Cuando vienen los marcianos? Pero igual acababa ingresado en psiquiatría y no era plan. Al final del día, después de muchas pruebas para descartar alguna lesión interna, acabó ingresado en observación, con la mano derecha vendada. En una cama bastante cómoda de una aséptica y anónima habitación de hospital, con una vía y suero en vena. Al llegar la madrugada decidió que ya estaba lo suficientemente recuperado. Se quitó el suero y la vía, sin organizar ningún festival de sangre, lo que ya era un logro. Y después, tal y como había aprendido y le habían enseñado, tal y como casi le era innato, se deslizó en silencio, sin hacer ruido, como un pequeño gato negro que sabe fundirse con las sombras. No recordaba bien dónde encontró algo de comer, a pesar del suero tenía mucho hambre, lo que era buena señal. Y una vez llenada la tripa, la buscó. ¿Cómo? No sabría explicarlo. ¿Cómo se orientan las aves en sus migraciones? ¿Cómo sigue un perro el rastro de una presa? Había compartido su energía vital con aquella desconocida y, al menos durante un tiempo, eso los unía, con un vínculo invisible y frágil, pero perceptible. La encontró en la unidad de cuidados intensivos. Estaba vida. Y sedada. Quizás si hubiera estado despierta se habrían enamorado perdidamente el uno del otro. Quizás el hubiera ingresado también en la Guardia Civil y hubieran sido felices y comido perdices. Pero estaba sedada y aquello era el mundo real y no un culebrón surrealista.
En un vestuario encontró lo más parecido a ropa de calle. El uniforme de algún tipo de personal de servicios o de limpieza quizás, ropa de trabajo con bolsillos y franjas reflectantes. Un poco grande, pero para un apuro como lo era esa situación le podría servir. Sus efectos personales los dio por perdidos. No eran gran cosa, una mochila de la suerte con lo imprescindible para pasar algun tiempo en las montañas. Ya conseguiría otra y su contenido. Fue como dejar atrás la ropa húmeda después de nadar en un mar enloquecido y estar a punto de ahogarse.
En silencio, por una entrada de servicio, se marchó. Todavía algo cansado, pero sonriendo.
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