(3) Pesadilla
Ojalá fuera una pesadilla. Pero es real. No entiende que ha pasado. Una tarde de Septiembre como otra cualquiera. De vuelta a casa, en el metro. El tren acelera en el interior del túnel, próximo a su velocidad máxima. Durante un instante, se apagan las luces y nota una especie de vibración, un hormigueo en su cuerpo. Cuando vuelven a encenderse las luces del vagón, todo es diferente. El color de las paredes, de los asientos, ha cambiado. La gente que les rodea es distinta, sus ropas, parecen a la vez arcaicas y futuristas.
Bajaron en la siguiente estación sin acertar a comprender nada. ¿Qué había pasado? ¿Cómo en un instante habían pasado a estar entre las estaciones de Callao y Gran Vía, a un lugar a la vez extraño y familiar? El resto de los viajeros les mira. Aciertan a escuchar mumullos, comentarios. “No llevan pulsera”. Se alejan de ellos. Como si tuvieran la peste.
Antes de que pudieran darse cuenta llegaron aquellos policías o soldados con uniformes que tampoco reconocían. Sin preguntar, les rodearon y apuntaron con algún tipo de arma desconocida. Lo siguiente que recordaban era dolor, vértigo y perder el conocimiento.
Sin duda era una pesadilla. Pero no podían despertar.
(4) Dormir
No. No puede hacer eso. Pensamientos que se repiten una y otra vez en la mente de Mireia. No. Pero lo hace. Quiere volver a verlos. A verle. Quiere abrazarle y escuchar su respiración. Abrazarle. El contacto físico tan odiado y hasta perseguido, lo quiere, lo necesita. Entonces recordó a Myriam. La telépata. Quién leyó sus mentes. Por su cargo no le fue difícil volver a contactar con ella. Pero lo siguiente fue algo deliberado e irracional. La llevó a su casa. Porque la necesita.
Sabe que puede leer su mente. Se le antoja frágil y fuerte. Delgada, con el pelo rubio y muy corto y esos grandes ojos azules que se clavan en los suyos.
-Gracias. Puedo leer tu mente. Espero que no te importe. Ahora no puedo dejar de hacerlo. Estoy demasiado cansada. Espero que no te importe. Necesito ….-
-¿Qué puedo hacer por ti?-
-DORMIR-
Grita y su voz es estremecedora. Entonces Mireia rebusca en su bolso. Un frasco de policarbonato irrompible a su vez en el interior de una bolsa de plástico transparente. Un frasco que contiene ese preciado líquido azul que tanto desea Myriam.
-Sólo ...-
-... un tapón. Lo sé. ¡Quiero despertar! ¡Quiero dormir pero despertar!-
Prácticamente le arrebata la bolsa que contiene el frasco. Y lee su mente, y descubre donde está el dormitorio. Y recorre los metros que le separan de esa estancia lo más rápido que puede. Se sienta en la cama, abre la bolsa, abre el frasco, solo un tapón. Llena el tapón con el liquido y se lo bebe de un sorbo. Tapa el frasco. Lo mete en la bolsa. Levanta la vista. Sus mirada se topa con los ojos de Mireia.
-Gracias. Puedes abrazarme mientras duermo, si quieres. Nadie me ha abrazado en años-
Se tumba en la cama, medio de lado, medio boca abajo y, por fin, puede dormir. Dormir.
*el relato nació en 1996, en el otoño (octubre) de 1996, entonces en papel, entonces se llamaba La hermandad del sable. Entonces yo tenía 16 años. Ay. A mi yo de 1996 le hubiera gustado leer esto.
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