El 26 de Abril de 1986, una fatal combinación de fallos de diseño y errores humanos desembocó en la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil. Quedó completamente destruido, con toneladas de combustible nuclear y grafito altamente radioactivo expuesto al aire.
Ésta tragedia pudo ser aún peor, de no ser por la decisiva actuación de verdaderos héroes. Sin capa ni máscara, pero con un coraje tremendo.
Los primeros en intervenir fueron los bomberos. Desconocían la situación, con niveles enormes de radiación. Su labor fue muy importante, ya que el techo del reactor 3 estaba ardiendo, y de no haber controlado el incendio, los otros tres reactores podían haber corrido la misma suerte.
A partir de aquí, una faraónica tarea de construcción de un enorme sarcófago de hormigón que aislara el reactor destruido. En el participaron miles de personas. Muchas de ellas pagaron su osadía con la vida. De entre éstos aguerridos trabajadores llamados liquidadores, destacar unos cuantos. Durante las labores de preparación del sarcófago, descubrieron que en el tejado del reactor 3 había trozos de grafito y de combustible nuclear altamente radioactivo. Se intento su limpieza con robots teledirigidos, pero el nivel de radiación era tal que en poco tiempo dejaron de funcionar. En su lugar, de la limpieza se encargaron trabajadores, los llamados bio robots. Protegidos por artesanales trajes de plomo y en turnos de 40 segundos, se encaraban de palear escombros al lo que quedaba del reactor número 4.
Los sótanos de lo que fue el reactor 4 quedaron inundados por el agua que se utilizó para apagar los incendios. El combustible nuclear se había convertido en una especie de lava a altísimas temperaturas que literalmente derretía los forjados de hormigón. De entrar en contacto con el agua, una explosión todavía más intensa. La única solución era bucear en el agua altamente radioactiva y abrir una serie de válvulas para poder drenar los sótanos. Los voluntarios que realizaron esa tarea murieron a las pocas semanas debido a las elevadas dosis de radiación recibidas.
En noviembre de 1986 el sarcófago estaba terminado. Y prueba de su correcto sellado de la radiación es que las primeras nieves cuajaron en su techo.
Sirva ésta entrada de homenaje a todos aquellos que trabajaron por evitar un mal mayor tras ese gravísimo accidente.
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