Mordió la boquilla del camelback y bebió un trago de agua. Su estómago protestó: demasiadas horas sin comer nada. Rebuscó en el interior de la mochila algo con lo que saciar su hambre. Encontró una barrita de cereales un poco aplastada y una bolsita con pasas. Nada más. Tenía que conseguir comida. No podía seguir así …
El tiempo pasado desde que dejó el tren se le antojaba irreal. Se quedó dormido al poco de partir de la estación y el miedo y la angustia le despertaron cuando el tren llegaba a una pequeña estación. Descendió del tren: un pequeño pueblo entre las montañas. Y a partir de ahí, se puso a recorrer pistas de tierra encharcadas guiado por su intuición. Estaba … en medio de ninguna parte. En una pista de tierra que atravesaba una zona de montaña, boscosa. Llevaba dos días así, peinando las montañas sobre la bici, durmiendo en el bosque envuelto en una manta de supervivencia y recorriendo palmo a palmo pistas y senderos del alba al ocaso. Niebla, frío, lluvia, hasta algunos copos de nieve. Y nada. La sensación continuaba allí, en algún átomo de su cuerpo, pero a cada minuto se apagaba poco a poco. No, se apagaba no. Algo la ocultaba. Un farol cubierto por una tela negra. El resultado era el mismo: no podía percibir la luz, no podía encontrar lo que estaba mal.
Con la boca llena de pasas se colgó de nuevo la mochila a la espalda y miró a su alrededor: una pista de tierra, a media ladera, cerca de un talud. Arriba, arboles, hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Abajo, en el fondo de la vaguada, la cicatriz de la vía del tren. Una buena forma de orientarse, para volver a la civilización, buscar un pueblo, comprar comida y, con la tripa llena, decidir si prolongar la búsqueda una jornada más o recresar a … ¿casa? Buscó el pedal con el pie derecho y estaba a punto de darse impulso para comenzar a rodar de nuevo, cuando un sonido lejano y leve llamó su atención. No era su respiración, ni el susurro del aire en los árboles. Ni el goteo del riachuelo cercano donde había rellenado el camalback. Su boca se torció en un gesto de fastidio. No lograba identificar el sonido. Entonces, lo vió: una pequeña mancha blanca, en la lejanía, oculta en parte por los jirones de niebla, avanzando por el fondo de la vaguada, por la vía del tren. Buscó el catalejo en uno de los bolsillos de su mochila, con la ayuda de sus lentes de aumento pudo descifrar su silueta: un caballo blanco corriendo por la vía. Deprisa. Mucho. Oh no. Un caballo. Una vía. Otra vez. Sin pensar, se tiró ladera abajo, esquivando piedras, maleza y tocones de árboles. La pendiente era tan acusada que estuvo a punto de caerse varias veces. Al final no pudo seguir avanzando sobre la bici y continuó a pie, tropezando, resbalando sobre la hierba y el barro. Le costó alcanzar la vía, justo cuando el caballo llegaba a su altura. A todo galope, desbocado. Se puso en medio de la vía, interceptando su trayectoria. Acertó a ver espuma en su boca y sudor corriendo por sus costados. Alzó los brazos, el caballo detuvo en seco su desenfrenado avance y se encabritó. Los cascos de las patas delanteras pasaron muy cerca de su cuerpo. Resistió los impulsos de alejarse del caballo, mientras trataba de recordar lo que le habían enseñado. Le miró a los ojos. Se miraron a los ojos: desorbitados, llenos de terror, los del caballo. Inyectados de sangre y de desesperación los suyos, después de varios días sin apenas dormir ni comer. Los ojos del caballo reflejaban el más puro terror. Sintió como ese mismo miedo inmenso, irracional, devastador, crecía en su interior. Pero no podría permitírselo. Cerro los ojos y comenzo a acariciar al caballo cerca del nacimiento de las crines, mientras le susurraba palabras tranquilizadoras. No sabría precisar cuanto tiempo pasó, pero el caballo se calmó. Ambos se calmaron. Acarició sus crines. El caballo temblaba. Quizás algo de comer … Rebuscó en la mochila, la bolsita de pasas. Le ofreció algunas al caballo, que las aceptó con gusto.
Pensó que, en cierto modo, el caballo era más inteligente que él. Y con sentidos o instintos más precisos. Escapaba de un peligro que él apenas podía percibir. Quizás pudiera ayudarle. Una vez más, dejó fluir sus sentidos buscando una fuente intensa de peligro. Como el sónar de un submarino escudriñando el océano. Nada. Sintió miedo de nuevo. O bien no ocurría nada, o bien lo que ocurría escapaba a su percepción.
Se que estás asustado, pero tienes que llevarme al lugar del que has venido.
Reparo en que llevaba silla, estribos, riendas. Alguien lo había ensillado. Esperaba por el bien del humano que lo hubiera hecho, que no estuviera sobre la silla en el momento en que se había desbocado. Se encaramó a la silla de montar. Le costó. Estaba cansado y hacía siglos que no montaba a caballo. Observó su reflejo en un charco, a un lado de la vía. El casco integral y la ropa de bici contrastaban con el blanco del caballo. Recuerdos inconexos acudieron a su mente. El jinete sin cabeza, o algo así. Y el hombre del saco. El jinete sin cabeza seguramente era una leyenda (aunque él había visto cosas realmente extrañas). El hombre del saco no. Gador. Almería. El tampoco era una leyenda.
Vamos …
Como resupuesta a sus pensamientos, a aquellas palabras apenas susurradas, el caballo giró sobre sí mismo y comenzó a desandar sus pasos. En cuanto pudo se alejó de la vía, a través de un estrecho camino. El camino desembó en una pista de tierra. El caballo primero había avanzado al paso, pero tan pronto alcanzó terreno más favorable y despejado, aumento su velocidad. Al galope. Se dejaba llevar. Repartía su peso entre silla y estribos y se aferraba a las riendas. Sus sentidos, alerta, pero sin éxito. No sabría precisar cuanto tiempo pasó hasta que distinguió la silueta de unos edificios recortada en el fondo del valle. Pensó en utilizar de nuevo el pequeño catalejo, pero estaba en la mochila. Dejó que el caballo salvara la distancia que les separaba de aquel lugar. Cuando estaban a un kilómetro más o menos, el caballo frenó su galope. Al paso, se fueron acercando allí. Intuyó quizás que se trataba de un centro de equitación. A la derecha de uno de los edificios, distinguió lo que parecía una pista ovalada de arena. Y conforme se acercaban pudo ver más detalles, que aumentaron su miedo. Dos pequeños autobuses. Mimibuses o como cojones se llamaran. Con capacidad para veinte o quizás treinta personas cada uno. Eso implicaba gente. Comenzó a pensar en una excusa que justificara qué hacía allí a lomos de un caballo que no era suyo. El caballo se había escapado y el lo encontró. Que mejor excusa que la verdad. Pero no le tranquilizaba. De hecho al alcanzar por fin los edificios, al ir a rodear el primero de ellos, lentamente, el miedo explotó en su interior. Instintivamente busó la espada alojada en la espaldera. No. Lo de que el caballo se había escapado podría colar, ya que era estrictamente verdad. Pero la espada no. Si no ocurría nada (que era posible) quién le viera se iba a llevar el susto de su vida y quizás llamara a la Guardia Civil. Hay un loco en un caballo con una espada, vengan pronto.
Al doblar la esquina de uno de los edificios la vio. Parpadeó varias veces para comprobar que no era una ilusión. Una niña pequeña, de seis o siete años, quizás alguno más, vestida con el uniforme de lo que quizás era un colegio privado. Falda de cuadros escoceses, medias o leotardos negros, zapatos negros y un abrigo azul marino encima de todo. Apostaba que bajo él se ocultaba un jersey de lana y la típica camisa de vestir. ¿Qué hacía una niña tan pequeña allí sola? El caballo se negó a avanzar. Se detuvo. A diez o quince metros de la niña. Saltó al suelo y caminó hacia ella.
-Hola ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? ¿Te has perdido? ¿Te puedo ayudar en algo?-
Por toda respuesta la niña empezó a llorar. Llegó a su altura y se arrodilló junto a ella. Entonces supo que había cometido un error. En una décima de segundo, la niña le tomó la mano izquierda entre las suyas. Dejó de llorar y en sus rostro se dibujó una mueca de triunfo.
Dolor. Oscuridad. Era una centinela. Si, una niña de menos de diez años como centinela. Pero también una maga poderosa. Capaz de ocultar su poder. Capaz de dibujar en décimas de segundo un hechizo que le arrebatara la vida. Y aquel gesto aparentemente trivial de cogerle de la mano facilitaba el hechizo. Literalmente le estaba robando la vida a espuertas. No podía ver, ni sentir apenas nada. Le costaba trabajo hasta hilbanar sus pensamientos. Que estupidez. Iba a morir a manos de una colegiala. Recordó por un instante Irak y el Líbano. Morir a kilómetros de su casa por el hechizo de una niña. Si Dios existía ahora mismo estaba muerto de risa.
No. Le quedaba un hilo de vida. Su cuerpo se le antojaba pesado y rígido, de piedra. Pero podía mover el brazo derecho. Lentamente. Milímetro a milímetro. La espada. Venga. Otro milímetro. Vamos. Cuando su mano alcanzó la empuñadura sintió alivio y terror a la vez. ¿Tendría fuerzas para sacar la espada de su vaina? Una voz ensordecedora gritaba en su mente. No te pares. No te pares. Logró sacar la espada de su vaina. Sin siquiera ver nada era difícil no acertar a un blanco tan cercano. La espada entró en el cuerpo de la niña de arriba abajo, un poco por debajo del hombro izquierdo. Rasgó sus ropas sin dificultad. El simple contacto del metal mágico con la piel bastó para que el hechizo se interumpiera. Escuchó débil, lejano, un grito de sorpresa y de puro terror, antes de que la oscuridad le atrapara completamente.
¿Cuánto tiempo tardó en despertar? Volvió a sentir su propio cuerpo. Sobre el piso de tierra apisonada, medio de lado. Notó un peso sobre su cuerpo, lo apartó lentamente y buscó una posición más cómoda, boca arriba, antes de abrir los ojos. La visión del cielo cubierto de nubes fue tremendamente bella. Estaba vivo. En algún momento, antes de caer inconsciente, había cerrado su círculo mágico vital. Su cuerpo se autorreparaba lentamente. Entonces recordó a la niña. Giró la cabeza. Estaba a su lado. Muerta. Todavía con la espada clavada en su cuerpo, de arriba abajo, un poco por debajo del hombro izquierdo. Sangre por todas partes. Acababa de matar a una niña desarmada. Aunque fuera una experta maga. Aunque hubiera intentado matarle. Toda vida era valiosa, preciosa. Él había sido entrenado para proteger la vida. En qué se había convertido. En un asesino. Rompió a llorar casi en silencio.