Como hace casi un mes o como hace dos años (bueno, la última vez entonces fue la segunda semana traumática de junio de 2022. Donde quizás dormí en dos días menos que la noche de hoy) escaneando los seguimientos. Hay que tenerlos listos la semana anterior y, eso tan simple se me antoja agotador a veces. Porque quién debía firmarlos no estaba cuando fui a que me los firmaran. Unas horas antes si, pero me dio apuro. Ahora entiendo por qué. Hace uno o dos días, mientras me quitaba las botas de seguridad y me calzaba las zapatillas de suela fina y cierre por velcro, pensaba en que, tal y como le dije el martes a M, la psico maravillosa, ahora todo cobraba sentido.
¿Por qué me costaba tanto hacer amigos? No digo ya tener novia o un rollo (compartir un vínculo de afecto, de amor, de placer mutuo), sino hacer amigos.
Recuerdo en el colegio al compañero (David) con el que empecé a leer sobre bicis y sobre trenes (a escala). Los trenes a escala requerían mucho espacio y eran carísimos. Yo me conformaba con verlos en un catálogo en papel (como tantas otras cosas). Hasta 2010 (quizás 20 años después) no tuve una preciosa locomotora RENFE 269 en una estantería de mi piso o en el suelo del salón.
Recuerdo con mucho cariño a los compañeros del instituto. Leer, escribir, compartir relatos.
Tanto en el colegio como en el instituto me sentía lejos de los demás, me sentía distinto. No entendía sus bromas. El reírse de los demás. El reírse de mí. No recuerdo con nitidez la primera vez que me quise matar, que pensé en no estar en este mundo. Seguramente fuera en mi infancia.
¿Por qué algo tan simple como ir a comprar una plantilla de España con sus ríos o devolver una tija de sillín en una tienda de bicis me era tan difícil? O muchos años después ir a comprar una entrada para el rallye de Madrid de 2001 o un coche de carreras de Slot en 2007? Tener que pedir cosas.
Me debían haber contestado de la discapacidad en 3 meses. No se si la carta se ha perdido o es que no tengo derecho a ella. Lo mucho que costó pedirla (el informe, esos enero y febrero tan difíciles), ese viernes de Marzo (en medio de los exámenes) pidiendo la discapacidad.
A veces siento que todo está cogido con pinzas. Me digo que es por la bajada de medicación y porque es casi invierno, por la semana intensa con veterinario, psicóloga y las prácticas. Y pensar que hace dos años tenía una pequeña red de seguridad, unos meses de paro y algo que estudiar después. Ahora no.
Pero siento que soy capaz. Tan mal no lo hago. ¿Podré reparar trenes?
He de calmarme. Poner música y afeitarme y ducharme. Ir a comer con mi familia.