De nuevo en casa.
El descanso es agradable, casi siempre. La ansiedad, mi vieja compañera vital, puede complicar incluso momentos de descanso, viajes. No ha sido así.
Ni siquiera me llegué a plantear que combinar un viaje con bajar la medicación de nuevo, igual no era una buena idea. ¿Qué mejor momento que en unas vacaciones?
Casi como hace 4 años.
Los cambios de tiempo a veces no me sientan bien. Viajar al norte de Europa era una especie de otoño lluvioso y oscuro, adelantado. La luz era totalmente diferente. En general todo era diferente, pero atractivo.
A principios de año apenas unas horas a la semana de contacto humano podían ser desastrosas. Ahora una semana conviviendo en armonía.
Ni la luz, ni el cambio de cama, ni la lluvia me alteraron. Al contrario. Me sentí genial. Ver una nueva ciudad. Hacer fotos. Maravillarme. Hasta subir en montañas rusas.
Y cada día es un pequeño avance. Ya pensado en los nuevos talleres para Octubre. Empezar un nuevo otoño escribiendo y aprendiendo. Y siendo un poco más sociable. O mucho más sociable.
Y todavía me quedan días de descanso. Mas pausado. Con series, lecturas y la compañía de Marco.
La calma tiñe mi día a día de colores brillantes pero no agresivos. Un mundo en blanco y negro, a veces con fogonazos agresivos, transformado en un precioso mundo aguamarina. Y no es casualidad, es algo que llevo meses trabajando con la ayuda de la psiquiatra que me trata.
Me tengo más cariño. No soy un desastre. Todo lo contrario.
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