Los ecos del placer se apagaban en su interior. Se le antojó la vibración que dejan en el aire agudas notas de piano apenas disipándose. Todo resulta real, extrañamente real, aunque no lo sea, o en parte no lo sea. ¿Cómo puede no ser real algo que sientes en tu interior? El tacto de la piel de su pecho es real. El tacto de las sábanas. El murmullo de su respiración. Su aliento cálido en la nuca de ella. Cierra los ojos e imagina su sonrisa dibujándose en su rostro. No le hace falta preguntar, ni mirar, ni usar otra clase de sentidos únicos y especiales para saber que él se siente feliz, tan feliz que casi le duele. Que ese momento ha sido enórmemente placentero y único.
Un momento. Contiene la respiración, todavía con los ojos cerrados, su cabeza descansando sobre su pecho, notando las caricias de su mano izquierda en su espalda. Aquello sólo era un papel, una farsa, una trampa. Pero da igual. Él la quiere y ella piensa o sueña que podrá aprender a quererle. Silvana se estremece de forma leve. Por primera vez en muchos meses la alegría se desborda en su interior. Es una marea levemente amarga, como de café y arroz con leche. Y canela. Olvida por un instante quién es, su cometido, la pesada carga que guarda en su interior y, muy despacio, busca sus labios. Vuelve a recorrer su cuerpo, buscando el placer mutuo y propio.
Ojalá ese instante, esa noche, durara para siempre.
(El relato completo aquí)
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