Unos guantes de trabajo, de color plata y blanco. Una vieja bici de carretera. Era la primavera de 1998. Literalmente el siglo pasado. La bici era regalada y estaba lejos de su mejor momento. De todas formas, con su piñón a rosca de cinco coronas y sus mandos de cambio en el tubo diagonal, sin sincronizar, era una bici de finales de los 70 o principios de los 80, más que una bici de los 90. Como el cambio en el tubo diagonal se me hacía muy raro, le acabé poniendo junto a la maneta de freno un mando de cambio de bici de montaña. Primero uno de los platos, sin sincronizar, más tarde uno de los piñones. No cambiaba bien, la dirección tenía mucha holgura y no frenaba casi. Pero fui feliz sobre esa bici. Acostumbrado a bicis de montaña de hipermercado que no eran un prodigio de ligereza (ni por asomo) y con cubiertas gruesas de al menos 1,9", rodaba muy dulce.
Han pasado más de 22 años desde entonces, pero, en parte, sigo siendo el mismo adolescente tímido feliz al manillar de una bici. Ese año me puse un casco por primera vez y también zapatillas de bici (que todavía conservo por algún sitio).


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