La segunda semana cambió todo. Llevaba durmiendo bien desde abril del año anterior. Llevaba sin medicación desde octubre de 2019. Ni siquiera la gran incertidumbre de la pandemia pudo con mi estado de ánimo. Pero la suma de cambios en pocos días, tener que volver a trabajar presencialmente y no precisamente en tareas conocidas y a un ritmo de trabajo razonable, hizo que todo se hiciera añicos.
Me pone triste recordarlo, todavía.
Pero en medio de esa vorágime de ansiedad, una persona me ofreció su ayuda. Y, un mes justo después del final amargo, estaba al lado del mar pidiendo una cita para la preinscripción de lo que entonces era un sueño, y ha ocupado mi vida año y medio y me ha permitido aprender, interactuar, superarme.
Al final, dentro de la oscuridad hubo y hay destellos preciosos. Aunque ahora casi todo es luz.
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