Hace un año, pasar casi una semana fuera de casa descansando genial, una quimera. Hace más tiempo, cuando era un adolescente o un joven adulto, tener amigos e ir a la playa en mi coche, algo que nunca llegaría.
Echo de menos desayunar acompañado, los paseos con los perretes e ir a la playa. El calor y la humedad, no. La arena, tampoco. Y hubiera necesitado unas sandalias nuevas porque las que llevaba se rompieron. Y, no sé por qué, me acababan molestando en los pies, pues me rozaban los dedos.
El sol, tener que ponerme crema a cada poco, ha sido un latazo. Pero el mar al caer la tarde, maravilloso.
Globalmente ha sido un viaje muy bonito y que he disfrutado. Y no he colapsado. Algo impensable en casi todos los viajes del año pasado.
El camino de vuelta se me hizo un poco largo, pero fue genial.
Ya echaba de menos mi refugio y a Marco, mi compañero de vida peludo.
Ha sido el primer viaje con consulta de la psicóloga. Un buen resumen de los últimos 12 meses.
Lo peor, con diferencia, los muchos problemas para ir al baño. Menos mal que las infusiones me fueron útiles. Voy a intentar comer poquito en este interludio. Porque mañana de nuevo de viaje. Y comer salvado de avena y pasas, cosas que faciliten el tránsito.
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