Mejor no pensar en toda la medicación que he tomado para ser funcional desde mayo pasado.
Me queda una sensación agridulce. He aprendido muchísimo. He conocido a jóvenes adultos maravillosos y también a adultos maduros maravillosos. He dado una paso adelante, en cuanto a socializar, conocerme, aceptarme, mantener la calma, enorme.
Pero también he colapsado en clase, he tenido que ser directo y agresivo para que me concedieran la adaptación y hecho de menos tener máximo 2 o 3 días de clase presencial a la semana.
Hace dos años llevaba desde enero sin medicación. Había tenido 2 citas en salud mental. Ahora puedo tener 5 citas al mes, ahora tendré 2 porque no volveré a ver a Marta el martes que viene o el siguiente (y se me va a hacer raro).
Lo importante: que he llegado hasta este final de mayo tan cansado. Al segundo día de clase estaba harto del ruido en clase, de las faltas de respeto, de los profesores sin empatía, y sigo igual.
Echo de menos a algunos profesores (casi todos) del Grado Superior. Y a mis compañeros, con sus qué entra, pero nobles. No me siento parte del curso. No quiero orlas (ya tengo una) ni camiseta ni graduaciones. Ha sido un curso de extremos: de profesores maravillosos y horribles. De compañeros horrorosos y otros muy nobles y con los que es un placer hablar. El grado superior fue más de momentos medios. Y, desde luego, fue mucho menos exigente y agotador.
M. está desmotivado y con ansiedad (a qué me recuerda eso). Espero que el próximo curso le vaya mejor.
Al final he conseguido dormir bien, no colapsar, no tener ideación. Ha sido un curso hostil, y haber conseguido seguir adelante, es algo bello y precioso.
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