En cuanto se supo sola, dejó correr las lágrimas. Busco refugio donde nadie le viera, lejos de la gente, lejos de los demás, lejos del ruido y de las conversaciones insustanciales pero que a ella se le antojaban dolorosas en ese momento.
Un comedor desierto y en penumbra se le antojó un lugar apropiado. Escuchaba los latidos de su corazón martillando deprisa en las sienes y el zumbido de los compresores de las máquinas de autoventa, que mantenían frescos comida y bebida.
La pena acabó por desbordarse en su interior en forma de llanto apenas audible.
-¿Que haces aquí a oscuras?
La voz de una compañera rompió el silencio.
-¿Te encuentras bien?
Noemí asintió, mientras las lágrimas continuaban corriendo por sus mejillas.
-¿Te encuentras bien?
Noemí asintió, mientras las lágrimas continuaban corriendo por sus mejillas.
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