lunes, 17 de agosto de 2020

Mañanas

Cuando despierto es de día. Amanece pronto, pero no es imposible desvelarse cuando es de noche. Me levanto, me visto, me doy crema y desayuno. Hoy toca carretera. Al manillar de una vieja bici de 21 años, un poco remozada. Ahora tiene manillar plano y algunos componentes (mandos de cambio, desviador trasero, freno delantero, cubiertas) son nuevos o relativamente nuevos. Se me hace rara porque, acostumbrado a bicis de montaña e híbridas, es muy corta entre ejes y nerviosa.

Recorro carreteras conocidas pero que hacía años que no recorría. El reloj que llevo en la muñeca izquierda toma nota de cada metro recorrido, de las subidas, incluso de mi pulso.

Cuando me decido a volver estoy más cansado de lo que pensaba. Me decido por el camino más fácil. Aun así, las últimas cuestas me hacen utilizar el desarrollo más corto de la bici, que es un 32x23. Ridículo en las bicis de carretera actuales o en las bicis de montaña de hace muchos años. Pero entonces era lo habitual, por eso la escogí con triple plato.

Llego a casa, almuerzo, arreglo algo que rompí y después como. Pensaba dormir siesta pero el ordenador y sus millones de fotos ocupan mi atención durante horas. Da igual. Ahora tengo tiempo para mí. La psiquiatra me vio cansado. Que es verdad, aunque duermo mucho mejor que hace dos semanas. Pero puedo intentar vivir en minúsculas. Y vivir no duele. Estoy preocupado por mi situación laboral, pero de forma razonable. Y por la segunda oleada de la COVID. A malas, puedo acabar confinado en un sitio precioso.

Como antaño, semana de trámites (en cuanto tenga una conexión decente y un certificado digital).




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