El único negocio abierto de la aldea es un ... burdel. Podría llamarlo de otra manera, pero me apetece usar esa palabra. Siempre soy cuidadoso escogiendo las palabras que utilizo, e intento ser respetuoso.
Tengo un recuerdo muy vívido, de hace trece veranos. Estaba en el garaje, limpiando mi coche mientras escuchaba Marea. Delante de la puerta del garaje, que estaba abierta, se detuvo un coche. Juraría que era un Citroën Saxo de color granate apagado. En el interior, dos ancianos, de más de sesenta años seguro.
Me preguntaron por el burdel. Sus palabras exactas fueron "las mujeres esas".
Soy un varón heterosexual de mediana edad, se me presupone un deseo sexual incontenible que he de saciar, aunque sea a cambio de dinero. En mi caso, no es así. Si mi placer implicara desagrado o dolor por la otra parte, o bien fuera una mera transacción económica, me desagradaría tanto que no creo que me resultara placentero. Esa situación no va a darse. Jamás pagaré por sexo. No entiendo el sexo sin un vínculo afectivo.
Se que no soy perfecto, tampoco lo pretendo. No me creo mejor ni peor que nadie. Sólo se ser yo.
El sueño llama desde lacrimal. Suena Dover (Late at night) en el diminuto altavoz. Apagaré el ordenador, tomaré la mirtazapina, y, mientras me viene el sueño, escucharé algún podcast.
Buenas noches y buena suerte.
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