Potentes motores impulsan un pájaro de metal en cuyas tripas viajo. A muchos pies del suelo, por encima de las nubes. Recuerdo lo vivido en el viaje. Recuerdo otros viajes. Todavía me queda mucho por aprender. Pero todo, incluidos los viajes, se viven de forma distinta una vez he dejado de rebotar.
Rebotar. En mi propio idioma no significa enfado, no. Más bien, estar alterado. Ser incapaz de dormir. Alegre y triste a la vez. A punto de llorar. A punto de estallar.
Lograr dormir en cama no habitual (y cagar -con perdón- en retrete no habitual). Al final sólo pido eso: estar tranquilo, no alterarme por todo, poder dormir, no tener ganas de llorar a cada poco. Así un nuevo lugar cargado de historia (y de bicis) se percibe y disfruta mejor. De nuevo me dejo llevar, casi como una maleta. Sólo preocuparse de ir, volver, comer, hacer muchas fotos. Libros. Maquetas.
En el estrecho espacio de la cabina las TCP'S se mueven con agilidad. Además de estar preparadas para evacuar el avión en caso de emergencia, sonríen a los viajeros, quizás soportan alguna impertinencia. Están preciosas y agradezco sus atenciones. Por mi parte sólo puedo seguir sus instrucciones, saludar al entrar y salir del avión y poco más. Ya no se si es hoy, ayer o mañana.
Echo de menos a Marco. Mi preciosa bolita naranja. El gato pirata y cariñoso.


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