jueves, 20 de agosto de 2020

Amanecer

I

Cuando sonó el teléfono, estaba tirado en la cama, en pijama, en medio de un duermevela nervioso.

-Si.

-¿Tienes algo que hacer hoy?

-Intentar no morirme.

-Y ¿a parte de eso?

-Nada más, estoy en paro ¿lo recuerdas?

-Lo sé. Necesito tu ayuda.

-¿Mi ayuda? ¿Qué puedo hacer por ti?

-¿Sabes conducir?

Oscar resopló.

-Creo que todavía si, Ana.

-Necesito que me hagas un favor. Has de acoger a una persona en tu casa unos días.

-No es mi casa.

-En la casa donde vives ahora. Da igual a quién pertenezca.

-Como tu digas.

-Llegará en autobús a las 15h ...

-Aquí no llega ningún autobús. Esto es el puto culo del mundo.

-Pero tres pueblos más allá si.

-Es verdad. ¿Cómo la reconoceré? ¿Llevará un pañuelo blanco al cuello como en las películas?

-¿La?

-Me apuesto el paro de un mes a que es una mujer.

-No deberías apostar tan alegremente.

-Pero he acertado ¿O no? Apuesto a que está buena.

-Eso depende del gusto de cada uno. Es especial. Y frágil. Por favor, tenlo en cuenta.

-Siempre lo tengo. Parezco un cabestro, pero no lo soy.

-Y ¿qué es lo que eres?

-Un ángel. Un ángel caído varado en la tierra. Así, hasta que me muera o me mate.

-¿Has tenido ideación suicida?

-Esa es una pregunta a la que solo respondo a un psiquiatra. Bueno, a algún psiquiatra. Y tu no lo eres. ¿Cómo la reconoceré?

-Te reconocerá ella a ti.

-¿Le has mandado una foto mía?

-No. Algo mucho mejor. Es una sorpresa.

-No me gustan las sorpresas. ¿Alguna recomendación más sobre ella?

-Comerá lo mismo que tu, no es melindrosa. Mejor que no le vea nadie. Si quiere salir a dar una vuelta, que sea cuando no haya nadie en la calle.

-Eso es fácil, aquí no hay casi nadie.

-Por eso te he elegido.

-¿Sólo por eso?

-Y porque eres especial.

-Gracias. Tu también lo eres. Te dejo. Tengo que intentar ducharme.

II

-Eres magnética.

-¿Cómo?

-Todos te miraban. El resto de viajeros del autobús, los paisanos tomando una cerveza a la puerta del bar de la plaza, las ancianas que iban a comprar el pan. Toda la puta plaza te estaba mirando.

Miriam se sonrojó.

-Eso no está bien -susurró Míriam.

-¿Por qué no?

-Porque se supone que he de pasar inadvertida.

-No pasa nada. En los pueblos todo el mundo mira a los que no son de por aquí. Incluso me miraban a mí, que si nací aquí.

-No saldré de casa si tú me lo pides. No quiero que nadie sepa que estoy aquí. Es lo que tengo que hacer.

-Has escogido el lugar perfecto ...

-Yo no lo he elegido.

-Entonces han escogido bien por ti.

-No me gusta que decidan por mi.

-A mi tampoco.

-Tu eres especial. Podrías llegar a ser como yo.

-Gracias por el halago, pero lo dudo. Tu tienes 20 años, con toda la vida por delante. Yo tengo más del doble de tu edad y a veces la vida me pesa más allá de lo que puedo soportar.

-Lo sé.

-¿Cómo lo sabes? Si me acabas de conocer ...

-No te lo puedo decir. Todavía no.

-Eres misteriosa. Pareces sacada de una película de espías. Me apuesto mil duros a que trabajas mara la CIA o para el MI5.

-Has perdido la apuesta. ¿Sabes que la realidad siempre supera a la ficción?

-La realidad es una puta mierda. Pero hay libros y películas. Y música.

Míriam se hizo un ovillo en el asiento del copiloto del viejo Suzuki Samurái blanco.

-¿Estás llorando?

-No.

Buscó un pañuelo de papel en el bolso de cuero gastado que estaba junto a sus pies y se secó las lagrimas.

-Lo siento.

-No hay nada que sentir. Estoy bien. Se me pasará.

-Estás tan bien como yo. ¿Por eso te han traído aquí?

-Si y no.

-Me gustas.

-¿No te habrás enamorado de mí? Que podría ser tu hija, coño.

-Joder, no es eso. Ni quiero follarte, con perdón. Aunque no lo creas, algunos hombres sabemos pensar con algo que no sea la polla. Quiero decir, que te acabo de conocer y he sentido algo que hacía, no se, veinte años que no sentía.

-Gracias.

-¿Por qué?

-Por llevarme y por el halago. ¿Se puede llegar al pueblo por otro sitio?

-Por carretera, no.

-Quién ha hablado de que sea por carretera.

-Por pistas, si.

-Pues llévame por allí. Llévame por el camino más estrecho que recuerdes.

-A la orden.

Oscar redujo la velocidad poco a poco. Al doblar la siguiente curva a la izquierda, una pista de tierra cruzaba la carretera. Giró a la izquierda. La pista, de tierra y grava, se le antojaba una cicatriz en medio de campos de cereal ya segados. Dejando tras de sí una leve estela de polvo blanco, el pequeño Suzuki se perdió en medio de aquel mar de tonos dorados.

III

-¡Hijos de puta, no me pongáis las manos encima! ¡Dejádme!

Del sueño pesado producto de las benzodiazepinas le despertaron unos gritos. Oscar se giró hasta quedar medio incorporando en la cama, escuchando. Nada. Su propia respiración, los latidos de su corazón, los grillos y alguna ave nocturna que no supo identificar.

-Lo habré soñado.

Le dio pereza buscar el reloj, que descansaba sobre la mesilla de noche, en medio de un mar de blister de benzodiazepinas y antidepresivos. Debían quedar al menos un par de horas para el alba. En la calle, la oscuridad era casi total, sólo rota por haces de luz anaranjados de las farolas.

-¡No me vas a coger! ¡No!

No era un sueño. Los gritos de Míriam resonaron en la noche como un trueno agudo. Por un momento pensó que alguien podía haber entrado en la casa, pero, joder, estaban en el culo del mundo. Se puso en pié de un salto y abrió la puerta de su dormitorio. Del extremo opuesto del pasillo, de la habitación que ocupaba Míriam, le llegaron sollozos ahogados. En penumbra, descalzo sobre el suelo de terrazo, recorrió los pasos que le separaban hasta la puerta, con los ojos y los oídos bien abiertos. Como un Pastor Aleman, con el pelo erizado y gruñendo de forma apenas audible, dispuesto a defender su territorio.

Llamó a la puerta con los nudillos, con suavidad. Dos veces, tres.

-Míriam, ¿estás bien?

Se decidió a abrir la puerta, despacio. Míriam estaba hecha un ovillo en un rincón de la cama, con el rostro cubierto por sus propios brazos.

-Míriam.

Tanteó la pared en busca del interruptor de porcelana, cuando lo encontró, giró la palanca noventa grados. La bombilla desnuda, colgando de un casquillo en el techo, disolvió la penumbra.

Míriam abrió los ojos, esos ojos enormes de un azul suave que tanto le había llamado la atención. Su rostro estaba bañado de sudor y de lágrimas.

-Oh, dios, he vuelto a hablar en sueños.

-Me temo que si.

-Y te he despertado.

-Me habría despertado dentro de poco de todas formas.

-Prométeme una cosa.

-¿El qué?

-Si vienen, me tienes que ayudar a escapar.

-¿Escapar? ¿De quién? ¿Quién va a venir?

-Ellos.

-¿Quienes son ellos?

-¡Joder, ellos!

-No te entiendo.

-Mejor. Así no podré meterte en ningún lío.

-Bonita, no te preocupes. Ya me meto yo solito en bastantes líos. No necesito tu ayuda, al menos en ese sentido.

-¿Tienes algo para dormir?

-Tengo toda una puta farmacia.

-Dame algo para dormir. Pero tienes que prometerme que te quedarás a mi lado y que si vienen, me despertarás.

-¿A tu lado? ¿No querrás que me meta en la cama contigo, verdad?

-Haz lo que te salga de punta de la polla, pero quédate a mi lado.

-De acuerdo. Vuelvo en un minuto.

Volviendo sobre sus pasos, Óscar regresó a su cuarto. De la maraña de bilster, escogió uno con cápsulas blancas y rojas. 

-Toma. Con una cápsula de éstas podrás dormir unas cuantas horas.

-Gracias. 

Se sentó junto a la cama, en una silla de anea y madera.

-¿Vas a quedarte mirándome hasta que me duerma?

-Lo siento.

Se puso en pie, apagó la luz y volvió a sentarse, en penumbra. Cerró los ojos. Escuchaba la respiración de Míriam, rápida y pesada.

-Soy un desastre, no hace ni un día que me conoces y ya te he dado el primer disgusto- Susurró Míriam.

-Yo también soy un desastre, ya lo comprobarás. Intenta dormirte, anda. Mañana te sentirás mejor.

-Por favor, ¿puedes poner música? La música siempre me ayuda a dormirme.

-Claro.

Regresó a su cuarto. Junto a la mesita de noche, sobre un escritorio, un plato giradiscos, conectado a dos recios altavoces con caja de madera que colgaban de la pared. El disco que había puesto en el tocadiscos era Without Mercy de The Durutti Column. Acompañado por el característico crepitar de los vinilos, las notas graves del piano comenzaron a romper el silencio de la noche.

Volvió al cuarto de Míriam y se sentó de nuevo en la silla.

-Espero que te guste.

-Me encanta. Buenas noches.

-Buenas noches.

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