viernes, 7 de junio de 2019

Jinete de dragón

Arrebujado bajo el edredón nórdico, Bruno escuchó cómo alguien golpeaba suavemente la puerta del balcón.

-No estoy-Susurró.

La puerta se abrió con lentitud.

-Buenos días Míriam-Dijo sin salir de su escondite.

-¿Ahora ves a través de las cosas?

-No. Pero sólo un hada entra por un balcón.

-Chico listo. ¿Has podido dormir algo?

-No.

Sacó la cabeza de debajo del edredón. Míriam se había sentado en el borde de la cama. Vestía una elegante túnica en tonos azules, a juego con su pelo. Podría pasar por una humana, a no ser por las alas delicadas y translúcidas de su espalda.

-Te he traido algo de desayunar. Bizcocho y, además, un regalo.

-Gracias. Pero no tengo apetito.

-Tienes que comer algo.

Míriam tomó su mano derecha entre las suyas.

-Vamos, todo saldrá bien.

-Sigo teniendo vértigo.

-Lo harás bien. Vienes de una familia de expertos jinetes de dragón.

-Y yo soy el único con vértigo.

-Quizás pueda ayudarte.

-No, por favor.

Cerró los ojos. Ignorando sus palabras Míriam le tomó en sus brazos y salió volando a través del balcón. Con suavidad, le depositó en el jardín de la casa-árbol, tres pisos más abajo.

-No ha tenido gracia.

Temblaba cuando abrió los ojos. Míriam estaba seria, quizás, apenada.

-Lo siento. No era mi intención ...

-Lo se. Tengo que vestirme o se me hará tarde. ¿Y si me das el regalo por la tarde?

-Está bien. Pero tienes que comer algo – Míriam le tendió un bizcocho envuelto en papel de estraza.

-Lo intentaré.

Bruno desapareció en el interior de la casa-árbol. Míriam se quedó un instante mirando la puerta. Decidió marcharse con un sutil vuelo, para no poner más nervioso a Bruno.

En un mundo salpicado por pequeñas islas flotantes, los dragones voladores eran esenciales. Bruno procedía de una estirpe de famosos jinetes de dragón. Pero a él, las alturas le aterraban. Incluso vivir en lo alto de una casa-árbol, se le hacía difícil.

Había asistido multitud de veces al inicio del curso de jinetes de dragón. Pero, en aquella ocasión, era diferente. El era uno de los futuros aprendices. No un mero espectador. Bruno hubiera dado un año se su vida por volver a la seguridad y calidez de su cama.

Sintió que aque no era su sitio. Rodeado por otros alumnos, que charlaban entre animados y nerviosos. El patio de suelo de piedra, las murallas y torres que lo rodeaban le impresionaban. Él no era como los demás. Desde niño. Las alturas de aterraban. Los árboles, los precipicios. La sola idea de volar en el vacío a lomos de un dragón volador le producía escalofríos.

Una serie de gritos y carcajadas nerviosas le sacaron de sus pensamientos. Los dragones sobrevolaron el patio, hasta por fin decidirse a aterrizar ordenadamente en un extremo. Cómo si se tratara de un rebaño de ovejas, dos enormes dragones púrpura, guiados por expertos jinetes se encargaban de mantener agrupados a los dragones.

Tan pronto hubieron aterrizado, uno de los alumnos se acercó tímidamente a los dragones. Otro le imitó. Dragones y humanos se observaban. Un instante mágico. Poco a poco, todos los alumnos escogieron un dragón. O quizás, fue al revés. Cada dragón escogió un humano. ¿Todos?

Bruno seguía inmóvil en el otro extremo del patio. Intentó recordar si había visto algo parecido. Sus ojos se inundaron en lágrimas. Pero ...

Una sensación cálida estalló en su mente. Escucho una voz que le llamaba. Cálida y firme. Una voz en su mente.

-Te estaba esperando.

Notó un aliento cálido en su cuello. Giró la cabeza. A su lado flotaba un precioso dragón púrpura. Sintió amor y complicidad infinita.

-Es hora de volar.

Bruno sintió los ojos del resto de alumnos clavados. Mientras ellos se habían limitado a susurar, acaridiar, admirar a los dragones, él se había encaramado al lomo del pequeño dragón púrpura. Desplegó sus alas y, con un pequeño impulso de sus poderosas patas traseras, levantó el vuelo. Desde el suelo, el resto de alumnos y sus dragones les miraba embobados.

Invisible a ojos humanos, Míriam contempló la escena emocionada. Desde el cielo. 

-Sabía que podrías hacerlo.

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