domingo, 23 de diciembre de 2018

Némesis: Cuento de Navidad

(El relato completo, aunque sin terminar)

Dormir.

Al no tener una vida común, con su trabajo y sus horarios establecidos, se había acostumbrado a dormir cuando tenía tiempo para ello y era capaz. Dos cosas a veces opuestas. Cuando tenía tiempo para dormir y era capaz de ello, dormía. Le daba igual que fuera mañana, madrugada, noche, tarde. Vivía un poco ajeno a horarios ni calendarios. Dormía cuando era capaz. Comía cuando tenía apetito. Intentaba llevar una vida lo más ordenada posible, tanto en la comida como en el sueño, pero no era capaz. A menudo se alimentaba de comida rápida. Su preferida eran las pizzas. De hecho, durante algunas semanas había trabajado como repartidor de pizzas. Ya no recordaba cómo le habían apodado sus compañeros al ver su forma de ir en moto: precisa, rápida, con un punto de anarquía.

Su mente saltaba de un pensamiento a otro en medio de un nervioso duermevela. Entonces sonó el teléfono móvil que descansaba sobre una cajonera con ruedas, que le hacía las veces de mesilla. Alargó el brazo y buscó el teléfono, a tientas.

-Hola, feliz navidad. ¿No estarías dormido?

-¿Qué hora es?

-Las cinco y media.

-¿De la tarde?

-Claro ¿te encuentras bien?

-Perfectamente. Sólo que estaba intentando dormir y no recuerdo bien qué hora es ni si es de día o de noche.

-Siento haberte despertado.

-Tu nunca molestas.

-Necesitaba escuchar tu voz.

-Agradezco el halago, pero se que no soy tu tipo.

-Si alguna vez volviera a acostarme con un tío, tu estás el primero de mi lista.

-¿Me llamas para eso? Perdona, creo que no te entiendo.

-Estoy en Barajas. Han cancelado mi vuelo. Dicen que por la niebla. Yo no veo tanta niebla, la verdad. Es nochebuena y mis planes se acaban de ir a tomar por el culo. No tengo ganas de nada. Sólo de escuchar una voz conocida y amable. Y también necesito un abrazo.

-¿Quieres que pase la nochebuena contigo?

-Si no tienes un plan mejor, me encantaría.

-Mis planes eran dormir y salir a correr cuando ya no pudiera dormir. Me halaga mucho que quieras pasar la nochebuena contigo. He de levantarme, y ducharme y todas esas cosas que hacen los seres humanos, pero te prometo que lo antes que pueda estaré en el aeropuerto.

-Gracias. De verdad.

Le pareció que sus palabras se transformaban en un llanto silencioso.

-¿Estas llorando?

-Si.

-Voy a por ti, pero no tengo alas. No te muevas de ahí.

-Gracias.

Saltó de la cama como un resorte. Caminando en silencio en la penumbra del lugar donde dormía, llegó hasta el baño. Tenía agua caliente y luz eléctrica todo el día. No tenía por qué esconderse. Había acondicionado aquella pequeña nave industrial como vivienda. En la planta baja, que antes fue un taller o algo así, descansaban sus vehículos: el Opel Corsa comercial con el que pasar desapercibido entre el tráfico, una vieja Nissan Vanette blanca, su fiel bici de montaña, la vieja Honda Dominator azul cielo y un pequeño ciclomotor, como el que usaban las cadenas de pizzerías con reparto a domicilio. Ideal para colarse entre los coches, en medio de un atasco o en las calles más estrechas del centro de la ciudad. Incluso con un cofre de plástico sujeto al portabultos, tras el asiento.

La entreplanta, antaño una especie de oficina, era su hogar. A la vez, dormitorio, sala de estar y cocina. El mobiliario era escaso: apenas una cama, algunas estanterías y una especie soporte para perchas con ruedas, tomado prestado de una tienda de ropa. Le hacía las veces de armario. Por toda cocina, un microondas y un hervidor de agua. Montar una cocina de verdad era una de las cosas que le quedaban por hacer. Al menos ya tenía baño. Un baño de verdad. Con lavabo, retrete, bided y un plato de ducha enorme. Bajo el agua caliente acabó de despertarse. Al salir de la ducha pensó que ropa ponerse. Quizás un traje sería lo más apropiado. Sofía le había regalado uno. Le sentaba como un guante. Prefería no pensar los cientos de euros que costaba. Se lo ponía cuando ese tipo de ropa le ayudaba a pasar desapercibido. Por costumbre, se decidió una vez más por ropa de trabajo de alta visibilidad. En lugar del habitual color amarillo, naraja. Sólo la camiseta termica era verde lima. El resto, naranja. Con franjas reflectantes. Pantalones, forro polar, abrigo largo. Para los pies, unos botines de piloto de rallyes, de la marca sparco. Quizás el único detalle discordante.

No tenía hambre pero, aun así, visitó el armario que le hacía las veces de despensa. Pensó que podía ser adecuado para una cena de nochebuena improvisada. Encontró espárragos, revuelto de setas, anchoas, paté y pan de molde. Para beber, solo tenía agua mineral y una bebida para deportistas de color azul. Menos es nada. Guardó todo en una mochila, junto con dos juegos de cubiertos (de plástico) y algunas servilletas de papel.

Bajó al taller. Sus ojos se clavaron en la vieja Nissan Vanette. La había encontrado en un desguace. Agonizando. Su carrocería, salvo algún pequeño golpe sin importancia, parecía estar en buen estado. El motor, destrozado. Se encaprichó de ella. Su abuelo había tenido una igual, del mismo color blanco. Acordó con el dueño del desguace un precio razonable. Y, en ese momento comenzó su periplo por decenas de desguaces hasta encontrar un motor en buen estado. Le llevó meses lograr que aquella pequeña y vieja furgoneta volviera a la vida.

Dejó el abrigo y la mochila en el asiento del copiloto. Abrió las enormes puertas correderas metálicas del taller. Después se perdió en la noche al volante de la vieja furgoneta.

-¿En qué parte del aeropuerto estás?

-Terminal tres. Salidas internacionales.

-Voy para allá.

-Esto está lleno de gente. ¿Podrás encontrarme?

-Será más fácil que tu me encuentres a mi. Una pista: voy de naranja.

Con música de fondo, su encuentro habría servido para un video-clip. Se deslizaba como una culebra entre la gente. Una culebra de casi 180 cm de alto, completamente vestida de naranja. Pasaba inadvertido. Parecía personal del aeropuerto. Sofía le encontró entre la multitud y le llamó con un leve gesto de su mano izquierda. Estaba preciosa. Siempre lo estaba. Supo que muchos hombres le envidiaban cuando se fundieron en un abrazo. Sintió las lágrimas de ella en su rostro.

-Mi niña bonita ¿Qué te pasa?

-No me gusta la navidad.

-A mi tampoco.

-Tu me entiendes. No sé como pero me entiendes. Parece que leas mi mente.

-Veo que has comprado algo ¿Se come? ¿Es la cena de ésta noche?

-Algo así.

-Yo también he traído algo para comer. No es muy sofisticado pero creo te gustará: espárragos, anchoas, setas, paté y pan de molde.

-Es el mejor menú de nochebuena que me han ofrecido nunca. Yo he comprado alguna delicatesen para completarlo, también bombones y champagne. ¿Cómo has llegado aquí?

-No he venido en moto. Hace mucho frío. Sígueme.

Se hizo cargo de la maleta samsonite con ruedas, de un elegante color gris antracita. Ella siguió sus pasos en silencio, con el rostro levemente congestionado por el llanto y una bolsa del duty free en la mano derecha. Marcos notaba las miradas incrédulas de los cientos de viajeros cabreados con los que se cruzaron de camino a la salida. Supongo que se preguntaban qué había visto una mujer de esa belleza elegante tan única en un tipo corriente, además vestido de naranja, como él.

Le guió hasta donde había aparcado la furgoneta, técnicamente reservado para vehículos de servicio del aeropuerto. Pero conocía aquel lugar casi palmo a palmo y sabía que, si no dejaba la furgoneta demasiado tiempo, nadie se daría cuenta.

Al ver la vieja Nissan Vanette Sofía suspiró.

-No es lo más lujoso en lo que he viajado pero hoy se me antoja mejor que una limusina.

-Es igual que la que tenía mi abuelo.

-Recuerdo que me lo dijiste.

-¿Cómo puedes acordarte de todo?

-De todo no. Sólo de lo importante.

-¿Dónde quieres que te lleve? ¿A tu ático?

-No.

-¿A un hotel?

-¡Menos!

-Ya sabes donde vivo, es, digamos, espartano.

-Tampoco. Lleváme a un lugar que signifique algo para tí en una noche como ésta.

-De acuerdo. Hay un lugar que me recuerda a mi niñez. Y está cerca de aquí.

-El barrio donde te criaste. Donde viviste después de que ...

-Ciudad Pegaso.

-Creo que no he estado nunca allí.

-Al lugar donde te llevo, seguro que no.

El acceso al viejo apeadero de O'donnell estaba cerrado. Una enorme puerta de malla metálica, asegurada por un candado.

-Me cago en la puta de oros. Y no tengo herramienta. Ni una simple cizalla.

-Habla bien. ¿No te he enseñado nada?

Rebustó en el interior de la maleta.

-Al ser de acero no puedo llevarlas como equipaje de mano. Si me preguntan qué es en alguna aduana, siempre digo que es un juego de herramientas de precisión, para relojes. Una vez tuve que cambiarle la pila a un reloj baratísimo de un funcionario de aduanas, porque no se lo creía.

A la luz de los faros de la furgoneta, Sofía no tardó más de 10 segundos en abrir el candado. Después, abrió las puertas lo suficiente para que la furgoneta pudiera pasar por ellas. Más tarde, volvió a cerrar la puerta, para que nadie pudiera advertir que había sido abierta.

-¿Por qué me has traído aquí?

-Aquí venía a pensar. Me sentaba en un rincón del andén, protegido de las miradas por el edificio del apeadero, y podía pasarme horas viendo pasar trenes. Alguna noche de verano pasé aquí. Éste lugar me calmaba. No se por qué. Quizás el traqueteo de los trenes tenía un efecto hipnótico para mi. No lo sé.

-Hay algo que no sé como definir aquí. Una atmósfera especia. Gracias por haberme traído aquí. Gracias por pasar una noche tan especial conmigo.

-No hay por que darlas. De no ser por tí, la habría pasado sólo. La soledad no me asusta, pero a veces me pesa.

-A mi, en cambio, la soledad me aterra.

-Podías haber llamado a alguna de tus ....

-¿Amantes? No quiero sexo. Quiero que me escuchen. Y tu me escuchas.

-¿Tienes hambre?

-A decir verdad, no. Pero tendremos que cenar algo.

-¿Qué te apetece para empezar?

-Brindar. Por ti y por mi. Por la amistad.

-¿Qué has traído para brindar?

-Un champagne que nunca pensé que pudiera encontrar en un duty free. Es esquisito.

-No puedo beber alcohol. De hecho, con lo que tengo que tomar para poder dormir ni siquiera debería conducir. Por eso he traído agua mineral.

-Da mala suerte brindar con agua.

-Yo no creo en la suerte. Lo sabes.

-Sólo crees en el instinto y en lo que sientes en las tripas. Lo se. Da igual. Yo brindaré con champagne y tu con aguas. He traido dos copas.

-¿Por qué brindamos?

-Por la amistad. Por ti. Por mi. Por los abrazos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario