Aquella mañana comprendí lo que era la muerte, lo que era morir o lo que debía ser morir. Yo era un niño. Iba al colegio, a primaria, a lo que entonces se llamaba EGB (Educación General Básica). Acababa de aprender a leer y escribir, algo maravilloso. Bajaba las escaleras del edificio en el que vivía. Y pensé que morir sería dejar de pensar, dejar de soñar, dejar de sentir, dejar de imaginar. Que esa voz que eran y son mis pensamientos, esa voz que apenas se calla, se quedaría en silencio, para siempre. La muerte como una nada infinita y silenciosa.
A veces me gustaría dejar de pensar o por lo menos dejar de pensar cosas negativas. A veces lo consigo y a veces no. Otras mis pensamientos son como una especie de copiloto de rallyes, que me va cantando las curvas mas difíciles y las cunetas que no debo cortar o morder.
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